Guerra en Irán, petróleo y orden mundial: una lectura estratégica de las intervenciones de Estados Unidos
Introducción
La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán en 2026 se inscribe en una secuencia más larga de intervenciones y operaciones encubiertas que incluye, de forma destacada, la intervención previa en Venezuela y la reconfiguración de la arquitectura energética global. Lejos de ser un episodio aislado, la guerra contra Irán conecta dimensiones de seguridad regional, poder energético, competición geopolítica con China y Rusia, y dinámicas de política interna estadounidense e israelí.
La explicación de lo que está sucediendo no es sencilla, como casi todo en las Relaciones Internacionales, y es que los factores que intervienen son múltiples. Existen varias lecturas recurrentes que aquí abordaremos. El objetivo de este texto es articular una lectura de conjunto que permita comprender cómo se entrecruzan estos planos: desde las proclamadas motivaciones inmediatas de seguridad hasta las implicaciones para el orden internacional y la multipolaridad emergente.
1. Irán como potencia regional y cruce de continentes
Comprendamos primeramente Irán y su importancia. Irán es un actor de peso por su demografía, su extensión territorial, su historia estatal continua y su posición geográfica única. Con más de 85 millones de habitantes y una población relativamente joven en comparación con muchas economías avanzadas, dispone de una base humana considerable tanto para la movilización política como para el desarrollo económico y militar. Su territorio, de unos 1,65 millones de km², lo convierte en uno de los países más extensos de Asia, con fronteras terrestres y marítimas que lo conectan simultáneamente con el Cáucaso, Asia Central, el subcontinente indio, el Golfo Pérsico y el espacio mesopotámico.
Históricamente, el espacio iranio ha funcionado como civilización y Estado de larga duración, con raíces que se remontan a los imperios aqueménida, sasánida y posteriores, lo que alimenta una identidad nacional fuerte, con conciencia de continuidad y de rango civilizatorio. Esta identidad, articulada en clave persa‑chií pero con diversidad étnica y lingüística interna, dota al régimen de una profundidad simbólica y cultural que va más allá de la élite política concreta que lo gobierna en cada momento. Esa combinación de orgullo histórico, memoria imperial y religiosidad política contribuye a explicar tanto la resiliencia del Estado frente a presiones externas como la capacidad de proyectar una narrativa propia en el entorno regional.
La posición geoestratégica de Irán es singular: controla costas extensas en el Golfo Pérsico y el golfo de Omán, se asoma al mar Caspio y se sitúa en el punto de encuentro de varias macro‑regiones: Oriente Medio, el Cáucaso, Asia Central y el sur de Asia. Esto lo convierte en un corredor potencial para oleoductos, gasoductos, ferrocarriles y carreteras que enlazan el Asia interior con el Índico y, a través de este, con África y Europa. A diferencia de otros productores de hidrocarburos del Golfo, Irán combina recursos energéticos abundantes con una profundidad territorial que le permite proyectar influencia más allá de sus costas y servir de bisagra entre múltiples sub‑sistemas regionales.
En términos energéticos, Irán cuenta con algunas de las mayores reservas probadas de petróleo y gas del mundo. Aunque su capacidad de explotación y exportación se ve limitada por décadas de sanciones, falta de inversión y problemas de gobernanza, su peso potencial en los mercados energéticos es considerable. A esto se suma su papel como punto de paso o de bloqueo en torno al estrecho de Ormuz, donde su litoral y su presencia militar le otorgan capacidad para afectar el tráfico de hidrocarburos que sale de otros productores del Golfo. Incluso cuando no explota plenamente sus propios recursos, Irán incide en la seguridad —y por tanto en la valoración y el precio— de buena parte del petróleo y gas que consume el mundo.
Finalmente, el país desempeña una función nodal en redes políticas e ideológicas transnacionales. Como principal Estado de mayoría chií, ejerce liderazgo —disputado pero real— sobre comunidades chiíes en Líbano, Irak, Bahréin, Arabia Saudí y otros lugares, lo que le proporciona canales de influencia que van más allá de los instrumentos clásicos de la diplomacia. Al mismo tiempo, su condición de Estado no árabe en un entorno mayoritariamente árabe, y de potencia media que ha desafiado abiertamente a Estados Unidos y a sus aliados, le confiere un lugar particular en el imaginario de múltiples movimientos y sociedades del Sur Global. Todo ello hace que cualquier intento de reordenar el equilibrio de poder en Eurasia y Oriente Medio difícilmente pueda prescindir de lo que suceda dentro y alrededor de Irán.
2. De Venezuela a Irán: continuidad estratégica en clave energética. Venezuela como laboratorio de “reconquista energética”
La intervención estadounidense en Venezuela supuso un punto de inflexión en la política hemisférica de Washington. La combinación de sanciones, presión diplomática, apoyo a sectores opositores y, finalmente, operación militar limitada incluyendo el secuestro de su Jefe de Estado tuvo efectos claros sobre la gobernanza del sector petrolero venezolano:
Reconfiguración de los marcos regulatorios para facilitar la entrada de empresas occidentales, especialmente estadounidenses, en proyectos de extracción y refinación.
Desplazamiento parcial de la influencia de actores extrahemisféricos, con mención destacada para China y Rusia, que habían consolidado una presencia significativa mediante créditos, inversiones y acuerdos de suministro.
Construcción de un relato legitimador centrado en la “estabilización” y la “recuperación” del mayor conjunto de reservas probadas de petróleo del planeta.
Desde una perspectiva estructural, Venezuela se convierte en un laboratorio donde se ensaya una estrategia de apropiación de recursos energéticos estratégicos en un contexto de pugna por la primacía global. En ese sentido, el caso venezolano anticipa una lógica que posteriormente se proyecta sobre el espacio euroasiático ampliado: no se trata solo de acceso a barriles, sino de condicionar quién controla, financia y asegura los flujos energéticos.
Venezuela ha sido no solamente un ensayo en el que probar la eficacia de sus actuaciones y la respuesta de la comunidad internacional, sino que también era un paso previo necesario para obtener una posición de control sobre los hidrocarburos a nivel mundial en previsión del cierre del Estrecho de Ormuz como respuesta de Irán.
3. El control sobre el comercio mundial de petróleo y el estrecho de Ormuz
Una de las motivaciones que subyacen al ataque es que Estados Unidos busca el control sobre el comercio mundial del petróleo, y es también una de las explicaciones que más se están utilizando. En términos estrictamente cuantitativos, Estados Unidos aporta alrededor de una quinta parte de la producción mundial de petróleo y otros líquidos, una cifra que lo convierte en el mayor productor individual, pero lejos de cualquier control directo sobre la mayoría del suministro global. Eso sí, la cosa cambia si hablamos de control en su acepción amplia, teniendo en cuenta los mecanismos de poder y relaciones que conllevan un control indirecto pero efectivo. Si se suman los volúmenes de países estrechamente alineados con Washington (como Canadá, Reino Unido, Noruega, buena parte de la producción del Golfo bajo paraguas de seguridad estadounidense, y el potencial de una Venezuela controlada), el bloque concentra una proporción claramente mayoritaria del comercio global exportable, aunque distribuida entre múltiples actores con agendas propias. Por tanto, más que hablar de “control del petróleo mundial”, resulta más útil referirse a una creciente capacidad de influencia de Estados Unidos sobre volúmenes significativos de producción (propios y de aliados) y, sobre todo, sobre la seguridad de las rutas marítimas vitales para el comercio de hidrocarburos.
El elemento clave, por tanto, no es tanto el “porcentaje exacto” controlado directamente por Estados Unidos, sino su capacidad para influir sobre tres palancas: su propia producción; el marco de sanciones, herramientas de presión y regulaciones financieras que afectan al comercio global; y la seguridad de las principales rutas marítimas del petróleo. En este último aspecto, el Estrecho de Ormuz ocupa un lugar central: por él transita una parte muy significativa de las exportaciones de crudo y gas del Golfo hacia Asia y Europa, y su eventual cierre por Irán no solo tensionaría la oferta y dispararía los precios, sino que aumentaría el valor relativo de los barriles que fluyen desde territorios bajo control o protección estadounidense.
En un escenario de interrupción prolongada en Ormuz, el peso de Estados Unidos y de sus aliados productores se vería reforzado, tanto por su capacidad de aumentar (hasta cierto límite) la oferta alternativa como por su papel en la reapertura y protección de rutas. Sin embargo, esta posición de poder tiene un reverso: una crisis de precios extrema dañaría también a las economías occidentales y podría erosionar el apoyo político a una estrategia de confrontación prolongada. El “control” estadounidense sobre el comercio mundial de petróleo es, así, menos un dominio absoluto sobre volúmenes físicos y más una combinación de capacidad productiva, red de aliados exportadores y poder para gestionar —o explotar— las interrupciones en puntos críticos como el estrecho de Ormuz.
También podría ocurrir que el conflicto se prolongase y Estados Unidos no fuese capaz de otorgar la protección necesaria a sus aliados en el Golfo, lo que podría hacer girar totalmente la situación en su contra.
4. Amenaza existencial y narrativa nuclear
Especialmente desde la perspectiva israelí, el eje central de la ofensiva contra Irán sigue siendo la percepción de amenaza existencial, articulada en torno a la combinación de programa nuclear, vectores de entrega y redes de aliados en el entorno inmediato de Israel. Teherán combina tres elementos clave:
Un programa nuclear avanzado con acumulación significativa de uranio enriquecido hasta el 60%, que lo sitúa técnicamente en una posición de “capacidad de umbral”, aunque sin evidencia pública concluyente de que exista en marcha un programa activo de armas nucleares en el sentido clásico.
Capacidades crecientes en misiles balísticos y drones, que, combinadas con actores aliados como Hezbolá, milicias iraquíes y los hutíes en Yemen, pueden saturar los sistemas de defensa israelíes y extender la amenaza más allá del frente inmediato.
Una estrategia de “profundidad defensiva” basada en redes de milicias aliadas en Líbano, Siria, Irak y Yemen, que permite a Irán proyectar presión sobre Israel y sobre bases estadounidenses sin recurrir necesariamente a un enfrentamiento directo Estado‑Estado.
Sin embargo, la narrativa sobre la “amenaza nuclear inminente” presenta importantes elementos de continuidad y de desgaste. En 2025, tras los bombardeos estadounidenses e israelíes contra instalaciones de enriquecimiento en Fordow, Natanz e Isfahán, el presidente Trump declaró públicamente que el programa nuclear iraní había sido “completamente y totalmente obliterado” y que las principales instalaciones habían quedado “entera y totalmente destruidas”. En meses posteriores reiteró que Irán ya no representaba una amenaza nuclear significativa. Esa afirmación, sin embargo, fue matizada tanto por mandos militares estadounidenses como por análisis independientes, que señalaban que los ataques habían degradado el programa pero probablemente solo lo habían retrasado.
A ello se suma un problema de credibilidad acumulado: desde mediados de los años noventa, dirigentes israelíes —muy particularmente Benjamin Netanyahu— han repetido de forma recurrente que Irán estaba “a pocos años”, luego “a pocos meses” o “semanas”, de obtener un arma nuclear, sin que tales plazos se hayan materializado. Compilaciones de estos avisos muestran un patrón de advertencias apocalípticas prácticamente continuo desde 1995, a menudo en contraste con evaluaciones más matizadas de agencias de inteligencia estadounidenses y de la propia Agencia Internacional de la Energía Atómica (OIEA).
En este punto, las valoraciones de los organismos internacionales son centrales. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha documentado violaciones importantes de salvaguardias por parte de Irán, incluyendo actividades no declaradas en el pasado y la acumulación de cantidades significativas de uranio enriquecido, y ha expresado “seria preocupación” por el alcance del programa y por las limitaciones de acceso impuestas por Teherán. Al mismo tiempo, sus informes no han confirmado la existencia de un programa de armas nucleares operativo en la actualidad, sino más bien la existencia de capacidades y materiales que, en determinadas condiciones políticas y técnicas, podrían acortar los tiempos de ruptura. Este mismo martes 3 de marzo, el director general de la OIEA, el argentino Rafael Grossi, insistió en que nunca tuvo información que indicara que Irán tenga un plan estructurado para construir una bomba atómica.
Este cuadro se vuelve aún más contradictorio si se tiene en cuenta que fue Estados Unidos quien se retiró unilateralmente del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) en 2018, pese a que la OIEA certificaba en aquel momento el cumplimiento iraní de las obligaciones nucleares sustantivas. Tras años de escalada de sanciones y respuestas iraníes, en 2025–2026 se habían reactivado canales de negociación indirecta, con mediación europea y regional, para explorar un marco de limitación del programa nuclear y de reducción de tensiones. En ese contexto, la nueva ofensiva militar —justificada públicamente por Washington y Jerusalén como necesaria precisamente para “forzar” a Irán a aceptar un mejor acuerdo— ha sido interpretada por numerosos analistas y por voces dentro de Naciones Unidas como una medida que socava las perspectivas de negociación y refuerza a los sectores más duros dentro del régimen iraní. ¿Se puede decir que se busca una negociación para lograr un acuerdo del que uno mismo se ha salido, mientras se ataca y coacciona a la otra parte y se mata al Jefe de Estado y la cúpula que deben llevar las negociaciones?
A todo esto debemos sumar que Israel es una potencia nuclear sobre la que no existe ningún tipo de control sobre su capacidad militar. ¿Por qué debe controlarse a Irán y no a Israel? Israel no permite las inspecciones generales de la OIEA sobre su capacidad nuclear, ya que no es parte del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). A diferencia de los países firmantes del TNP (como Irán), Israel mantiene una política de “ni confirmar ni negar” la posesión de armas nucleares, lo que le permite evitar la supervisión internacional de su arsenal, estimado en 80-400 ojivas. Al no firmar el TNP, el OIEA no tiene capacidad para inspeccionar ni verificar el arsenal nuclear de Israel, incluyendo el Centro de Investigación Nuclear del Néguev en Dimona. Israel sí es miembro del OIEA y mantiene un acuerdo de salvaguardias tipo “INFCIRC/66” desde 1975 para instalaciones específicas y materiales relacionados con usos pacíficos, pero esto es solo una fracción de su capacidad y no cubre su programa de armas. Israel tampoco ha firmado el Protocolo Adicional que obligaría a una mayor transparencia.
La ofensiva busca, en el plano declarado, degradar de forma significativa las capacidades nucleares, misileras y de proyección regional iraníes, retrasar cualquier eventual programa de armas nucleares y reducir la capacidad de Irán para armar y sostener a sus aliados en el entorno inmediato de Israel. En la práctica, no obstante, se sitúa sobre una narrativa de amenaza nuclear que lleva décadas repitiéndose con plazos siempre inminentes, y choca con el hecho de que la arquitectura de control —el JCPOA y los mecanismos de verificación de la OIEA— fue debilitada inicialmente por la retirada estadounidense y ahora por el recurso a la fuerza en pleno proceso de contactos diplomáticos. Esto otorga a la retórica sobre la “amenaza existencial inmediata” un carácter ambivalente: refleja preocupaciones de seguridad reales pero subjetivas (¿acaso no resulta lícito preguntar quién es el verdadero peligro para quién en la región?), pero se apoya en un uso político del lenguaje del umbral nuclear que muchos expertos e instituciones internacionales consideran, como mínimo, sobredimensionado.
5. Cálculo estratégico de Estados Unidos: entre doctrina y oportunidad
Para Estados Unidos, la decisión de escalar contra Irán combina dimensiones doctrinales y coyunturales:
Doctrina de contención ampliada: Irán se percibe por Estados Unidos desde hace décadas como foco de desestabilización regional en contra de sus intereses, patrocinador de actores armados no estatales y potencial proliferador nuclear. La continuidad de sanciones, operaciones encubiertas y presión diplomática encaja en una estrategia de contención de larga duración.
Ventana de oportunidad: la erosión interna del régimen iraní —crisis económica, protestas, fracturas en la élite— se interpreta como un momento más propicio para intentar alterar el equilibrio de poder, bien sea mediante cambios de comportamiento, bien mediante un debilitamiento estructural del régimen. También el asesinato de la cúpula iraní ha derivado de una oportunidad de ataque detectada por los servicios de inteligencia.
Política interna y “war presidency”: en un contexto de polarización, escándalos y desgaste de legitimidad, una guerra de alta visibilidad ofrece potencial para recomponer apoyos internos, activar reflejos nacionalistas y desplazar el foco mediático desde cuestiones incómodas (como las derivadas del caso Epstein) hacia el terreno simbólicamente rentable de la seguridad nacional. También en el caso israelí este conflicto tiene una utilidad para derivar la atención pública, y es que no debemos olvidar que Netanyahu está acusado de fraude, abuso de confianza y aceptación de sobornos .
La hipótesis de la “guerra de distracción” —según la cual la decisión de atacar Irán se toma fundamentalmente para tapar escándalos internos— es plausible pero debe matizarse. La literatura sobre “diversionary war” muestra patrones de uso de conflictos externos para modificar la agenda interna, pero no demuestra de forma concluyente causalidades lineales simples. Es más plausible hablar de superposición de incentivos: una decisión con lógica estratégica propia que, al mismo tiempo, se percibe como políticamente funcional para el Ejecutivo.

6. Seguidismo estadounidense y objetivos expansivos de Israel
Una pieza central para entender la guerra es el alineamiento casi automático de la política estadounidense con la agenda estratégica israelí, a pesar de que los objetivos de fondo de ambos actores no son idénticos. Para Washington, el discurso oficial insiste en destruir capacidades nucleares y misilísticas iraníes, proteger a aliados y “restaurar la disuasión”; para el liderazgo israelí, el horizonte es más amplio: se trata de eliminar una amenaza estructural a largo plazo e intentar redibujar el mapa regional de un modo mucho más favorable a sus ambiciones de seguridad y de expansión.
Desde hace años, diversos análisis señalan que la estrategia israelí hacia Irán va más allá de “parar la bomba” y aspira a debilitar al Estado iraní hasta el punto de forzar su colapso o, en versiones maximalistas, su fragmentación en entidades étnicas y regionales. Informes y debates recogidos por medios especializados describen, como objetivos de medio y largo plazo, no solo el cambio de régimen, sino la posibilidad de una “soft fragmentation”, con escenarios en los que Baluchistán, el Kurdistán iraní o regiones azeríes adquieran una autonomía de facto o incluso se incorporen a Estados vecinos. En esa lógica, un Irán grande, cohesionado y con capacidad de sostener a actores como Hezbolá o Hamas es un obstáculo estratégico estructural, no solo coyuntural, para las ambiciones de Israel.
Esta visión se inserta en una tradición ideológica más amplia asociada al proyecto de “Gran Israel”, entendido no tanto como un plan de gobierno formal, sino como un horizonte teológico‑político que legitima la expansión territorial más allá de las fronteras de 1967. Diversos estudios identifican en esa meta‑ideología referencias bíblicas a un territorio que se extendería “del Nilo al Éufrates”, abarcando partes de Egipto, Siria, Irak, Jordania, Líbano y otros países. Aunque no todo el establishment israelí suscribe literalmente esa cartografía, la idea de un “Nuevo Oriente Medio” sin una Palestina efectiva, con un entorno árabe fragmentado y con los rivales estructurales (entre ellos Irán) debilitados o contenidos, ha permeado buena parte del discurso sionista más maximalista.
La intervención de Benjamin Netanyahu en la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2023 es especialmente ilustrativa. En ese discurso, el primer ministro mostró un mapa del “Nuevo Oriente Medio” en el que Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza desaparecían como entidad diferenciada, presentando de facto todo el territorio entre el río Jordán y el Mediterráneo como parte de Israel. Paralelamente, exhibió mapas que agrupaban a Irán y a sus aliados en un bloque de amenaza, subrayando que “no hay lugar en Irán al que el brazo largo de Israel no pueda llegar” y reclamando un reordenamiento regional sustentado en la normalización con Arabia Saudí y otros Estados árabes. Ese gesto cartográfico no fue solo simbólico: condensó la visión de un espacio en el que Palestina queda borrada, el mundo árabe “normalizado” se integra en torno a Israel y Estados hostiles como Irán quedan reducidos, cercados o, idealmente, descompuestos.
En este marco, el seguidismo estadounidense tiene efectos concretos. Como han señalado varios análisis, la administración Trump comparte con Netanyahu el objetivo de “eliminar la amenaza iraní”, pero difiere en la definición de qué significa victoria: Washington habla en términos de destrucción de misiles, de infraestructuras y de impedir un programa nuclear funcional; Israel parece dispuesto a sostener una campaña más larga, orientada a destruir no solo capacidades militares concretas, sino la misma base estructural del Estado iraní, aun al precio de prolongar la guerra. Lo que en Washington se presenta como operación “rápida”, “limitada” y con horizonte de negociación, en Jerusalén se concibe crecientemente como una guerra de oportunidad para intentar imponer una solución de fuerza que reconfigure el equilibrio regional durante una generación.
Estos cálculos, tanto en Estados Unidos como en Israel, tienden a tratar a Irán como objeto pasivo de estrategias ajenas, obviando que el propio Irán tiene agenda y objetivos propios. La respuesta con misiles y drones contra Israel y bases estadounidenses, el uso de aliados como Hezbolá o las milicias iraquíes, y la capacidad de golpear infraestructuras energéticas y rutas críticas muestran que Teherán no se limita a absorber golpes, sino que busca imponer costes, aumentar la inseguridad de sus enemigos y forzarles a enfrentarse a la asimetría entre el coste de la defensa y el de los ataques. Esto demuestra que Irán tiene capacidad de poner firmemente sobre la mesa sus propios objetivos y condiciones, y que la duración de la guerra no necesariamente va a depender solo de la voluntad de Estados Unidos e Israel. Además, mientras Washington juega con la idea de volver a la mesa de negociación una vez “disciplinado” Irán, la lógica israelí de ir “hasta el final” contra el Estado iraní dificulta seriamente la posibilidad de un alto el fuego estable y de un marco de seguridad regional inclusivo.
En suma, más que una operación conjunta perfectamente alineada, lo que se perfila es una convergencia táctica entre Estados Unidos e Israel sobre la necesidad de atacar a Irán, basada en una relación de fuerzas en la que Washington actúa como potencia habilitadora del proyecto israelí, incluso cuando sus intereses no coinciden plenamente. Mientras Israel persigue una reconfiguración de largo alcance —que pasa por debilitar o incluso fragmentar a Irán y por borrar en la práctica a Palestina del mapa político—, Estados Unidos aspira a una demostración de fuerza y a una victoria relativamente rápida y controlada. Entre ambos extremos, la realidad de una guerra abierta, con un Irán que responde y que también persigue sus propios objetivos, introduce un grado de incertidumbre que desmiente la idea de que el conflicto pueda gestionarse como simple prolongación del proyecto sionista sin costes estratégicos mayores para el propio hegemón estadounidense.
7. Política interna estadounidense: entre doctrinas y escándalos
7.1. La dimensión de “guerra de distracción”
La teoría de la “diversionary war” ofrece un marco sugerente para interpretar el uso de conflictos externos en momentos de crisis interna. En el caso presente, confluyen varios factores:
Desgaste de apoyo interno al Ejecutivo por la gestión económica, social y de derechos civiles.
Persistencia de escándalos de alto impacto simbólico, entre los que destaca la divulgación parcial y polémica de archivos ligados al caso Epstein.
Polarización extrema del sistema político, con instituciones percibidas como crecientemente disfuncionales.
El lanzamiento de una guerra de alta visibilidad, contra un enemigo históricamente demonizado en buena parte de la opinión pública estadounidense, ofrece al presidente la posibilidad de reencuadrar el debate público en torno a la seguridad nacional, la unidad frente al enemigo externo y el liderazgo global de Estados Unidos.
7.2. Límites de la explicación “todo es por Epstein”
Sin embargo, desde una perspectiva analítica rigurosa, resulta problemático reducir la decisión de ir a la guerra a un simple intento de tapar un escándalo concreto. La evidencia disponible sugiere:
Una continuidad de políticas de presión sobre Irán a lo largo de varias administraciones, con variaciones tácticas pero objetivos relativamente estables (no proliferación, contención regional, protección de aliados).
Un contexto internacional marcado por transformaciones estructurales (multipolaridad creciente, rivalidad con China) que otorgan a Oriente Medio un valor estratégico indirecto, más allá de cualquier escándalo puntual.
Correlaciones entre picos de atención mediática a escándalos y cambios en la agenda comunicativa del Ejecutivo, pero sin pruebas concluyentes de causalidad directa entre dichos picos y decisiones militares de gran escala.
Es más robusto interpretar el uso del conflicto como un “bonus político” —una oportunidad para reorganizar la conversación interna— sobre una base de motivaciones estratégicas ya existentes, que como el motor exclusivo de la guerra.
8. Irán, China y Rusia: la dimensión sistémica de la guerra
8.1. Irán como pieza del proyecto euroasiático
Otro de los puntos comunes en los diferentes análisis del conflicto es que el ataque de Estados Unidos e Israel se dirige realmente contra Rusia y China o que es un mensaje importante para ellos. Para Rusia y China, Irán se ha consolidado en la última década como un engranaje estratégico de primer orden dentro de sus intentos de configurar un orden más multipolar, tanto en términos geopolíticos como energéticos.
En el caso ruso, Irán actúa como socio útil en Oriente Medio y el Cáucaso ampliado:
Es receptor de inversiones rusas en campos de petróleo y gas, con al menos siete yacimientos iraníes en desarrollo conjunto según acuerdos recientes, lo que genera una interdependencia energética directa entre ambos países.
Es pieza central del Corredor Internacional de Transporte Norte–Sur (INSTC), que conecta Rusia, el Caspio y el Golfo a través de Irán y Azerbaiyán, reduciendo la dependencia de rutas controladas por Occidente y ofreciendo a Moscú salidas hacia el Índico y los mercados asiáticos.
Se coordina con Rusia en proyectos de integración energética (redes eléctricas, swaps de gas y crudo), reforzando una malla infraestructural que opera parcialmente fuera de los circuitos dominados por la UE y Estados Unidos.
Para China, la importancia de Irán es aún más visible en el terreno energético:
En 2025, China importó del orden de 1,3–1,6 millones de barriles diarios de crudo iraní, lo que supuso aproximadamente entre el 13% y el 20% de sus importaciones marítimas de petróleo según distintas estimaciones.
Más del 80% de las exportaciones de crudo iraní tuvieron como destino China, lo que convierte a Pekín en el comprador casi monopolístico del petróleo iraní y a Teherán en un proveedor con fuerte descuento, crucial para el margen financiero de refinerías chinas independientes.
Estos flujos se realizan mayoritariamente fuera del circuito dólar: una parte significativa de las transacciones se liquida en yuanes u otras monedas nacionales, a menudo mediante estructuras de trueque ampliado (petróleo a cambio de bienes, servicios e infraestructuras chinas), integradas en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) y en mecanismos de “petro‑yuan” impulsados también desde el marco ampliado de los BRICS.
Este patrón encaja en una tendencia más amplia de desdolarización parcial del comercio energético. Aunque el dólar sigue siendo la moneda dominante en los mercados globales de petróleo, crece la proporción de contratos denominados en yuanes y en monedas locales dentro del entorno BRICS‑plus, y el petróleo y el gas iraníes, rusos y en parte saudíes se venden cada vez más en estas divisas alternativas. En el caso concreto de Irán y China, una fracción significativa de las ventas de crudo se paga en yuanes que luego se reciclan en compras de bienes y servicios chinos, configurando un circuito de comercio que, en buena medida, prescinde tanto del dólar como del sistema financiero occidental.
La guerra contra Irán pretende alterar este esquema en varios niveles. Al golpear infraestructuras energéticas, nodos logísticos y capacidades militares, reduce —al menos temporalmente— la fiabilidad de Irán como corredor y como proveedor:
Para Rusia, se complican los proyectos que buscan usar territorio iraní como ruta alternativa hacia el sur; la vulnerabilidad de puertos, ferrocarriles y oleoductos iraníes aumenta los riesgos y costes de la estrategia del INSTC y de una posible función de Irán como hub de swaps de crudo y gas ruso hacia mercados terceros.
Para China, se ve afectado un proveedor que cubría en torno a una séptima parte de sus importaciones marítimas de crudo y que ofrecía descuentos significativos; la interrupción o encarecimiento de este flujo obliga a redoblar la dependencia de Rusia, Arabia Saudí y otros suministradores, y a gestionar un aumento de la exposición al Estrecho de Ormuz y a rutas bajo fuerte presencia naval estadounidense.
Al mismo tiempo, la presión militar y sancionadora empuja a Irán, Rusia y China a profundizar sus mecanismos de comercio energético en monedas no occidentales, de trueque y de sistemas de pago alternativos a SWIFT, precisamente para reducir la vulnerabilidad frente a decisiones de Washington y Bruselas. Desde esta perspectiva, Irán no es solo una terminal de exportación más, sino un nodo de un proyecto euroasiático que combina corredores físicos (ferrocarriles, puertos, oleoductos) y corredores financieros (yuan, rublo, sistemas de pago propios) cuya ambición es limitar el peso del dólar y de las infraestructuras controladas por EEUU y sus aliados.
La guerra, al degradar infraestructura, capacidades militares y estabilidad interna, pretende limitar el valor de Teherán como socio estratégico de Moscú y Pekín, pero también refuerza, paradójicamente, su integración en los entramados alternativos a Occidente: cuanto más aislado queda de los mercados y sistemas financieros dominados por EEUU, más presión existe para profundizar la dependencia mutua con Rusia y China. En el plano ruso, se acentúan las dificultades para desplegar una estrategia euroasiática coherente que conecte el Mar Negro, el Caspio y el Golfo de forma segura y rentable; en el plano chino, se reduce la previsibilidad y la rentabilidad de un suministro importante aunque no dominante, obligando a Pekín a recalibrar su matriz energética sin renunciar a la lógica de largo plazo de un espacio euroasiático menos sometido al dólar y a las rutas controladas por Occidente.
8.2. Palanca energética y vulnerabilidad de China
Muchos de los análisis sobre las causas del ataque ponen el foco especialmente en China. La relación entre la guerra y la capacidad de “ahogar” a China debe analizarse con cautela. China sigue diversificando proveedores (Golfo, Rusia, África, América Latina) y no depende de manera estructural de Irán. Sin embargo, la guerra introduce cambios relevantes:
Pérdida de un proveedor con descuento: el crudo iraní, vendido con fuertes descuentos por efecto de sanciones, otorgaba a China un margen financiero apreciable. Su reducción o encarecimiento resta flexibilidad a Pekín.
Riesgo en el Estrecho de Ormuz: un conflicto que afecte a la seguridad de Hormuz encarece la prima de riesgo para todos los importadores que dependen de esa ruta. China, como principal importador mundial de crudo, es especialmente sensible a este tipo de perturbaciones.
No obstante, y pese a su gran importancia, presentar la guerra como una operación diseñada principalmente para “estrangular” a China quizás simplifica en exceso el cuadro. Los datos muestran que, aunque el petróleo iraní es importante y muy rentable para Pekín, sus principales proveedores siguen siendo Rusia, Arabia Saudí y otros exportadores del Golfo, y que China ha invertido durante años en diversificación geográfica y en reservas estratégicas precisamente para amortiguar choques de este tipo. El efecto de la guerra es más sutil: reduce un margen de maniobra clave (el crudo con descuento) y aumenta la exposición al riesgo de Ormuz, sin llegar a colocar a China en una situación de vulnerabilidad existencial inmediata, pero sí tensionando los equilibrios sobre los que ha construido su ascenso como principal importador energético del mundo.
Igualmente China se ve en la encrucijada de determinar si tiene que ayudar de alguna manera a Irán y de qué forma, ya que seguramente puedan calcular que les resulte mejor detener el impulso norteamericano ahí y no dejarlos profundizar en la estrategia de ataque.
8.3. Rusia: entre utilidad de Irán y límites del compromiso
Si nos centramos en Rusia, esta se encuentra en una posición ambivalente. Por un lado, la consolidación de la alianza con Irán le ha proporcionado ventajas tácticas y operativas (especialmente en Ucrania, donde los drones iraníes han desempeñado un papel relevante). Por otro, Moscú es consciente de sus propias limitaciones:
Una implicación directa y profunda en defensa de Irán frente a Estados Unidos e Israel podría abrir un frente adicional para el que Rusia no dispone de recursos suficientes.
A nivel de narrativa interna y externa, el Kremlin necesita equilibrar el discurso de solidaridad con sus socios con la gestión pragmática de costes y riesgos.
La guerra, en este sentido, no solo debilita a un socio útil, sino que también expone la brecha entre el relato de un “eje antioccidental” cohesionado y la realidad de unos vínculos limitados por asimetrías de poder, intereses divergentes y restricciones materiales.
9. Otros vectores interpretativos: orden regional, credibilidad y energía
9.1. Gestión del orden regional
Aunque el conflicto con Irán tiene implicaciones directas para la competición sistémica con China y Rusia, hay también una racionalidad inmediata que está anclada en la gestión del orden regional de Oriente Medio:
Impedir que surja un polo autónomo articulado en torno a Irán que pueda condicionar rutas energéticas y comerciales clave.
Reforzar un eje de seguridad Israel–monarquías del Golfo–Estados Unidos que se presente como garante de estabilidad frente a actores revisionistas.
Limitar el margen de maniobra de potencias externas (China, Rusia) para presentarse como alternativas creíbles a Estados Unidos en la provisión de seguridad regional.
Esta lógica supone un plano de superposición: Oriente Medio es, simultáneamente, teatro de conflictos locales, tablero de rivalidades regionales y espacio de proyección de la competencia entre grandes potencias.
9.2. Señal de credibilidad militar y mensaje a terceros
Algunos analistas entienden que la ofensiva contra Irán también puede leerse como una demostración de credibilidad militar. Tras años de guerras costosas y resultados ambiguos (Irak, Afganistán) y en medio del desgaste por la guerra en Ucrania, la capacidad de Estados Unidos e Israel para ejecutar una campaña de precisión de gran escala envía varios mensajes:
A Estados de tamaño medio con ambiciones nucleares o misileras (Corea del Norte, otros potenciales proliferadores), sobre los costes de desafiar abiertamente las líneas rojas occidentales.
A aliados preocupados por un posible repliegue estadounidense, reafirmando que Washington mantiene la voluntad y la capacidad de intervenir decisivamente.
A China y Rusia, señalando que el poder militar occidental sigue siendo capaz de imponer costes significativos más allá del teatro europeo.
En este marco, la guerra funciona tanto como instrumento de gestión de amenazas concretas como mecanismo de comunicación estratégica global.
Por supuesto, la evolución del conflicto determinará si en realidad se ha subestimado a Irán y sus capacidades tal como parece. De hecho se ha filtrado que importantes altos cargos militares estadounidenses desaconsejaron esta intervención por su riesgos y costes.
9.3. Volatilidad energética y transición
Algunos análisis inciden en que, más allá de la cantidad de petróleo controlado, el elemento central es la capacidad de gestionar —o al menos influir— en la volatilidad del mercado energético. Un entorno de oferta tensa, riesgos recurrentes en rutas clave (Ormuz, mar Rojo), y sanciones cruzadas y restricciones tecnológicas favorece a aquellos actores que combinan tres recursos: capacidad propia de producción, influencia diplomática sobre otros grandes productores y poder militar para asegurar o interrumpir flujos. Estados Unidos, tras la revolución del shale y la reconfiguración de su relación con Venezuela, está en mejor posición que hace dos décadas para jugar este papel.
Al mismo tiempo, la recurrencia de crisis energéticas de origen geopolítico refuerza el argumento de acelerar la transición energética, aunque la dinámica real de inversiones y políticas aún esté por detrás del discurso.
También hay que tener en cuenta que el petróleo es una materia prima no renovable y por tanto finita, y el control y el posicionamiento sobre esta materia será muy importante. La finitud del petróleo añade una capa estratégica fundamental: al tratarse de un recurso no renovable, la posición de cada actor sobre reservas, producción y rutas condiciona no solo la seguridad energética presente, sino también el reparto de poder en la transición hacia un sistema post‑fósil.
Para Estados Unidos y sus aliados, asegurar acceso preferente a reservas baratas y relativamente seguras, y poder influir en la oferta disponible y en la volatilidad de precios, significa disponer de una palanca estructural sobre economías altamente importadoras como China, India o la propia UE durante las próximas décadas. Para potencias como China, el desafío es doble: garantizar suministro suficiente en el corto y medio plazo y, al mismo tiempo, acelerar inversiones en eficiencia y energías alternativas que reduzcan la capacidad de chantaje derivada de ese control occidental sobre buena parte de la producción y de las rutas.
En este contexto, el posicionamiento sobre el petróleo no se limita a quién produce más hoy, sino a quién controla reservas a largo plazo, infraestructuras clave (oleoductos, terminales, cuellos de botella como Ormuz) y capacidades tecnológicas y financieras para gestionar el declive ordenado o desordenado de una materia prima finita sobre la que todavía descansa buena parte de la economía mundial.
9.4. Gas y arquitectura de gasoductos
Relacionado con el punto anterior, desde mediados de los 2000 se han barajado varias rutas para llevar gas del Golfo —incluido el producido en el campo compartido North Dome/South Pars entre Qatar e Irán— hacia Europa por tubería, en lugar de (o además de) GNL:
El proyecto de gasoducto Qatar–Arabia Saudí–Jordania–Siria–Turquía–Europa, pensado para llevar gas qatarí al mercado europeo a través del Levante y Anatolia.
El proyecto Irán–Irak–Siria (Friendship / Islamic Gas Pipeline), que conectaría el mismo mega‑yacimiento compartido con Siria y Líbano y, desde ahí, con el Mediterráneo y potencialmente con Europa.
El proyecto de Persian Gas Pipeline / Iran–Turkey–Europe (ITE), que llevaría gas desde South Pars, atravesando Irán hacia Turquía y de allí a Grecia, Italia y el corazón de Europa, potencialmente conectando con el Corredor Sur de Gas.
En todos estos esquemas, Irán aparece bien como origen (gas suyo), bien como paso obligado o como actor que comparte el yacimiento base con Qatar y, por tanto, tiene voz en la gestión del recurso común South Pars/North Dome. De facto, controlar o desactivar a Irán condiciona la viabilidad de cualquier arquitectura de gasoductos desde el Golfo oriental hacia el Mediterráneo o Anatolia.
Irán como “último escollo” geopolítico. Tras la destrucción o neutralización de buena parte del territorio sirio como corredor seguro y el estrangulamiento progresivo de Palestina como actor político efectivo en el Levante, el gran “agujero negro” en la integración energética del este del Mediterráneo es Irán:
Es cotitular del mayor campo de gas del mundo con Qatar (South Pars/North Dome), del que dependen muchos de los sueños de expansión de exportaciones de gas del Golfo.
Dispone de rutas potenciales hacia el Mediterráneo (Irak–Siria, Turquía) que, si estuviera plenamente integrado en los mercados, podrían servir tanto para gas propio como, en teoría, para gas de otros productores del Golfo que se conectaran a esos corredores.
Mantiene, además, capacidad militar y política para bloquear o desestabilizar cualquier infraestructura que atraviese su vecindad inmediata si la percibe como amenaza a sus intereses (ya sea por su alineamiento con EEUU/Israel o por su impacto sobre sus propias exportaciones).
Cualquier red de gasoductos desde el Golfo hacia Europa que no pase por el marco estadounidense y sus aliados tiene que contar con Irán como vecino fuerte, propietario de parte del gas y actor capaz de influir en Siria, Irak o Turquía.
La importancia de estas rutas y gasoductos para llevar gas a Europa y monopolizar su control se ha multiplicado desde que Europa se ha visto obligado a desligarse del gas ruso.
10. Implicaciones para el orden mundial y la multipolaridad
10.1. Un eje Irán–Rusia–China bajo presión, pero no necesariamente “erosionado”
La guerra coloca bajo una presión sin precedentes el triángulo Irán–Rusia–China, pero está lejos de garantizar su “erosión controlada” en los términos que parecen asumir los decisores en Washington y Jerusalén. El cálculo de EEUU e Israel parte de la idea de que una campaña aérea intensa y sostenida puede degradar de forma decisiva las capacidades militares iraníes, golpear infraestructuras críticas y aumentar la dependencia de Teherán respecto a Moscú y Pekín, sin desencadenar una escalada fuera de control.
Sin embargo, los hechos sobre el terreno ofrecen un cuadro más ambivalente y sugieren que se ha subestimado la capacidad de Irán, lo que sorprende a los analistas por los resultados que ya sevieron en 2025. Irán ha sido capaz de responder con oleadas de misiles y drones contra Israel y contra bases estadounidenses en Qatar, Bahréin, Kuwait, Irak y otros puntos del Golfo, cumpliendo su amenaza de considerar todas las instalaciones militares de EEUU en la región como objetivos legítimos. Aunque las defensas han evitado, por ahora, un número muy elevado de víctimas estadounidenses, los ataques han provocado daños materiales y han mostrado que la capacidad de proyección de fuerza de Teherán no ha sido neutralizada.
Sobre esta base se abren al menos dos trayectorias de fondo:
En un escenario de desgaste a largo plazo, Irán resiste, adapta sus tácticas (dispersión de lanzadores, refugios endurecidos, mayor uso de proxies como Hezbolá y milicias iraquíes) y mantiene una capacidad significativa de atacar objetivos israelíes y estadounidenses. En ese caso, el eje con Rusia y China no se “erosiona”: se transforma, con un Irán más dependiente tecnológicamente y financieramente de Moscú y Pekín, pero también con un campo de batalla que sirve como laboratorio para nuevas formas de cooperación militar y energética entre los tres.
En un escenario de debilitamiento profundo, los golpes a infraestructuras, mandos y economía iraní terminan por reducir el peso regional de Teherán y forzarlo a concentrarse en su supervivencia interna, lo que limitaría sus aportaciones prácticas al proyecto euroasiático de Rusia y China. Aun así, incluso en esta hipótesis, es dudoso que Moscú y Pekín abandonen a Irán: más bien podrían rentabilizar su debilidad para integrar aún más al país en sus esquemas energéticos y financieros alternativos.
En ninguno de los dos escenarios se puede dar por descontado que la multipolaridad “retroceda”. Lo que sí parece probable es que la guerra tensione los intentos de construir un orden euroasiático más autónomo, al tiempo que refuerza, en el imaginario de buena parte del Sur Global, la percepción de que el recurso a la fuerza por parte de potencias occidentales sigue siendo central en la gestión de los equilibrios regionales.
10.2. ¿Reforzamiento de EEUU y sus aliados o boomerang estratégico?
El diseño de la ofensiva parte de la premisa de que, al menos en el corto plazo, la combinación de golpes militares y reconfiguración energética reforzará el papel de Estados Unidos como gran proveedor de energía, como garante de la seguridad de rutas marítimas y como líder de un eje regional de aliados frente a Irán. Bajo esta lógica, Israel, las monarquías del Golfo y otros socios pasarían a depender aún más de las garantías de Washington, mientras que China y Rusia verían acotado su margen de maniobra en Oriente Medio.
Pero la dinámica militar y económica introduce dudas importantes sobre ese supuesto reforzamiento casi automático:
Coste y sostenibilidad de la defensa: la protección de Israel y de bases estadounidenses frente a ataques de misiles y drones iraníes es extraordinariamente cara y exigente en términos logísticos. Cada interceptor de los sistemas Arrow o David’s Sling cuesta del orden de cientos de miles a varios millones de dólares, mientras que muchos drones y misiles iraníes tienen costes unitarios muy inferiores. Evaluaciones de ofensivas anteriores ya mostraron que, en una sola noche, Israel y sus aliados llegaron a gastar entre 1.000 y 1.500 millones de dólares en defensa, frente a un coste iraní varias veces menor. Si el patrón se repite o se prolonga, la guerra de desgaste puede volverse económicamente asimétrica a favor de Irán.
Profundidad del arsenal estadounidense: informes periodísticos sobre los debates internos en Washington indican que altos mandos militares advirtieron al presidente Trump de los riesgos de una campaña extensa contra Irán, teniendo en cuenta la presión ya existente sobre los stocks de munición de precisión por el apoyo a Ucrania y otros compromisos. La necesidad de reponer miles de misiles de crucero, bombas guiadas y otros sistemas caros plantea la cuestión de si EEUU está dispuesto a asumir un esfuerzo prolongado que podría obligarle a tocar reservas estratégicas de armamento o a elegir entre frentes.
Estas incertidumbres abren la posibilidad de un boomerang estratégico:
Si Washington no está dispuesto a sostener indefinidamente el coste de la defensa de Israel y de sus bases frente a una campaña iraní de largo aliento, los aliados pueden percibir que su seguridad real es más frágil de lo que sugiere la retórica, y empezar a explorar ajustamientos con Irán o con otros garantes externos (incluidos Rusia o China).
Si, por el contrario, EEUU decide persistir a cualquier coste, puede ver erosionada su posición global por el desgaste económico, el agotamiento de arsenales y el desgaste político interno, especialmente si la guerra no produce una victoria clara ni un rediseño estable del orden regional.
En este sentido, más que hablar de un reforzamiento lineal de Estados Unidos y sus aliados, el conflicto con Irán parece abrir un abanico de resultados posibles, que van desde un reforzamiento temporal de la centralidad estadounidense hasta escenarios en los que la percepción de vulnerabilidad, el coste de la defensa y la resiliencia iraní acaban debilitando la imagen de fiabilidad y omnipotencia que Washington busca proyectar. Lejos de estar resuelta, la cuestión clave sigue siendo si la apuesta por el uso de la fuerza generará un nuevo equilibrio favorable a EEUU o si, por el contrario, alimentará la narrativa —y la realidad— de una multipolaridad en la que su capacidad de controlar los acontecimientos es cada vez más limitada.
Al contrario que su aliado israelí, parece que Trump apostaba por un ataque intenso pero no prolongado ni de desgaste. Todo indica que esperaba un escenario de rendición como el dado en Venezuela y, como esa situación no se ha dado, se ha quedado sin su principal estrategia. Ahora Estados Unidos se ve avocado a un conflicto de desgaste sin perspectiva de solución en el que es evidente que puede destruir las infraestructuras iranís, pero no su forzar su rendición. Además esta intervención ha fortalecido al sector más conservador de la Guardia Revolucionaria iraní.
La resistencia iraní provoca que cualquier solución deba contar con su voluntad y objetivos. Si Estados Unidos abandona el territorio dejará un rival más radicalizado y una región más desestabilizada, con unos socios que cuestionarán su papel protector.
11. Retórica de “libertad” frente a intereses de poder
El discurso oficial de Estados Unidos e Israel presenta la ofensiva como una operación destinada a “defender al pueblo iraní”, “abrir la puerta a su libertad” o “castigar al régimen pero proteger a los civiles”. Trump ha llegado a dirigirse directamente a los iraníes para asegurarles que esta sería “la mejor oportunidad en 40 años” para “recuperar su libertad”, mientras responsables israelíes hablan de crear las condiciones para un cambio de régimen que permitiría a la población “tomar el control de su gobierno”. Esta retórica, sin embargo, choca frontalmente con la naturaleza de los objetivos seleccionados, con el historial de relaciones de Washington y Tel Aviv con regímenes autoritarios en la región y con el modo en que se instrumentaliza la cuestión de las libertades iraníes en función de intereses estratégicos más amplios.
En primer lugar, la operación se ha saldado con ataques masivos sobre núcleos urbanos y objetivos claramente civiles, que desmienten de hecho la idea de una intervención “quirúrgica” en defensa de la población. Uno de los episodios más sangrientos ha sido el bombardeo de la escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh en Minab, en el sur de Irán, donde murieron decenas de menores durante el horario lectivo; fue uno de los dos ataques documentados contra centros educativos en las primeras horas de la campaña, descrito incluso por medios estadounidenses como “uno de los golpes más mortíferos” de toda la ofensiva. Las autoridades iraníes han denunciado el episodio ante Naciones Unidas como crimen de guerra, y analistas internacionales han subrayado que hechos de este tipo hacen muy difícil sostener que se está “protegiendo” al pueblo iraní mientras se bombardean sus escuelas. Es muy difícil de creer que unas potencias que tienen la tecnología y precisión necesaria para acabar con la cúpula iraní, no supieran que estaban atacando una escuela en horario lectivo.
En segundo lugar, el posicionamiento real de Irán en el tablero regional sitúa su eliminación o su debilitamiento profundo mucho más cerca de los intereses estratégicos de Israel que de una agenda de libertades. Teherán es, hoy por hoy, el principal apoyo estatal de las facciones palestinas más confrontadas con Israel —Hamas e Yihad Islámica, entre otras— y del eje de actores que se autodenomina “de resistencia”, en el que se incluye también Hezbolá. La financiación, entrenamiento y armamento que Irán proporciona a estos grupos es vista por Israel como uno de los mayores obstáculos para cualquier proyecto de “Gran Israel” o de consolidación de su control territorial sin contrapeso efectivo en su entorno inmediato. Desde este ángulo, la destrucción de la capacidad iraní de sostener a Palestina y a otros aliados armados aparece como objetivo central, mientras que la situación de derechos humanos dentro de Irán queda relegada a la función de argumento legitimador hacia audiencias occidentales.
En tercer lugar, la propia disposición de Estados Unidos e Israel a “volver a negociar” con Teherán —siempre que se satisfagan sus demandas en materia nuclear, de misiles y de apoyo a actores armados— revela que el objetivo no es una transformación democrática de la sociedad iraní, sino un cambio de comportamiento del régimen en cuestiones clave de seguridad. La secuencia recuerda a la de otros escenarios, como Venezuela: tras años de demonización del gobierno y de apelaciones retóricas a la “liberación” de la población, Washington ha terminado reabriendo canales de negociación y normalizando relaciones pragmáticas siempre que se garantizase un acceso ventajoso a los recursos energéticos y se redujese la interlocución con rivales estratégicos como Rusia y China. En ambos casos, la situación interna de derechos humanos y libertades políticas de la ciudadanía ha sido, en la práctica, secundaria frente a los objetivos de control de recursos, redes de alianzas y arquitectura regional de poder.
En cuarto lugar, la apelación selectiva a la “libertad de los iraníes” contrasta con el silencio —o el apoyo explícito— de Estados Unidos e Israel a otros regímenes autoritarios de la región, incluidos aliados estrechos del Golfo con historiales muy deficientes en materia de libertades civiles y políticas. El hecho de que la retórica de derechos se active con intensidad máxima frente a un adversario que sostiene a los palestinos, pero no frente a socios que reprimen duramente a sus propias poblaciones, muestra que el lenguaje de la “liberación” opera como recurso instrumental, no como principio coherente de política exterior. En este contexto, la ciudadanía iraní aparece menos como sujeto de derechos a proteger que como elemento retórico dentro de una estrategia cuyo núcleo es geopolítico: neutralizar al principal apoyo estatal de Palestina en la región, remodelar el equilibrio militar en favor de Israel y reforzar el control occidental sobre un espacio crítico de recursos, rutas y regímenes.
Por último, una reflexión: ¿qué intenciones humanitarias pueden atribuírsele a las potencias que están llevando a cabo el genocidio del pueblo palestino?
12. Duración y posible expansión del conflicto
Las señales actuales apuntan a un conflicto abierto cuyo final y alcance están lejos de estar determinados, y en el que ninguna de las partes tiene, de momento, la capacidad política o militar de imponer unilateralmente el “punto final”.
La evolución de la guerra no se puede leer como una simple función de la voluntad de Washington y Jerusalén; estamos ante un conflicto triangular en el que Estados Unidos, Israel e Irán tienen horizontes temporales, definiciones de “victoria” y tolerancias al coste muy diferentes, y en el que actores secundarios (Hezbolá, hutíes, milicias iraquíes, potencias del Golfo, China, Rusia, la UE) condicionan de facto el perímetro de lo posible.
12.1. Tres relojes distintos: Washington, Jerusalén, Teherán
Por el lado estadounidense, la retórica de Trump y de sus asesores intenta fijar la expectativa de una guerra intensa pero acotada. En entrevistas recientes, el presidente ha hablado de un conflicto que podría “acabar en semanas”, sugiriendo que se trata de una operación de “degradación” más que de una guerra abierta sin horizonte de salida. Este discurso responde tanto a consideraciones militares (stocks de munición, múltiples frentes abiertos) como a necesidades políticas internas: la Casa Blanca necesita mostrar control y evitar la percepción de un nuevo “pantano” tipo Irak o Afganistán.
Israel, en cambio, parece dispuesto a tolerar —o incluso buscar— una guerra más larga, siempre que perciba que el resultado será un debilitamiento estructural de Irán. Figuras próximas al establishment israelí insisten en que “esta vez” el objetivo no puede limitarse a retrasar el programa nuclear, sino que debe apuntar a destruir la infraestructura militar y político‑estratégica que permite a Irán sostener a Hezbolá, Hamas, la Yihad Islámica y otras piezas de lo que ellos llaman “Eje de la Resistencia”. En ese horizonte, una campaña de varios meses —con daños graves dentro de Israel pero asumibles para un gobierno que ha acostumbrado a su sociedad a la idea de “guerra existencial”— podría considerarse un precio aceptable si a cambio se logra un cambio cualitativo en el equilibrio regional.
Teherán, sin embargo, ha rechazado explícitamente ese marco. Portavoces del gobierno y mandos militares han afirmado que es Irán, y no Washington o Tel Aviv, quien decidirá cuándo termina la guerra. El comandante del cuartel general Khatam al‑Anbiya y portavoces de la Guardia Revolucionaria han declarado que “no será Estados Unidos ni el régimen sionista quien determine el final de esta guerra” y que Irán continuará hasta que “la agresión cese” y el enemigo “se arrepienta de haberla comenzado”. Esta formulación importa porque desplaza la vara de medir: el fin del conflicto ya no dependería de un calendario occidental, sino del juicio iraní sobre si ha infligido suficientes costes —militares, económicos, psicológicos— como para restaurar su disuasión.
En la práctica, esto significa que hay tres relojes distintos en marcha: uno electoral y mediático en Washington, uno estratégico‑estructural en Jerusalén y uno de resistencia y desgaste en Teherán. La probabilidad de una salida rápida y consensuada disminuye cuanto más divergen estos relojes.
12.2. De “campaña quirúrgica” a guerra de desgaste
El diseño inicial de Washington y Jerusalén se apoyaba en la idea de una campaña aérea y de misiles de alta intensidad pero relativamente corta, sin embargo, las primeras semanas ya han mostrado una deriva hacia una lógica de guerra de desgaste:
Irán ha sido capaz de lanzar varias oleadas de misiles y drones contra Israel y contra bases estadounidenses en el Golfo, Irak y Jordania, demostrando que conserva capacidad de ataque incluso después de golpes masivos sobre su infraestructura.
La defensa aérea israelí y aliada ha interceptado gran parte de los proyectiles, pero con un coste muy superior al de los vectores de ataque iraníes, lo que alimenta una asimetría de costes típica de conflictos prolongados: misiles y drones relativamente baratos obligan a gastar cantidades desproporcionadas en interceptores y en logística de defensa.
Informes sobre debates internos en EEUU sugieren que altos mandos militares advirtieron a la Casa Blanca de que una campaña prolongada contra Irán, sumada al esfuerzo en Ucrania y otros compromisos, podría tensar seriamente los stocks de munición guiada de precisión y obligar a decisiones difíciles sobre el uso de reservas estratégicas.
Si Irán consigue mantener un ritmo sostenido de ataques —aunque sea con eficacia limitada—, el conflicto se desliza hacia una situación de “ping‑pong” destructivo: cada nueva ronda de ataques iraníes obliga a EEUU e Israel a responder, tanto por razones militares como de prestigio, prolongando una dinámica en la que los objetivos políticos (cambio de comportamiento, cambio de régimen, “debilitamiento irreversible”) se alejan en la práctica.
12.3. Vectores de expansión regional
Más allá de la duración, el gran interrogante es la expansión espacial del conflicto. Se han reportado incidentes en lugares como Azerbaiyán, Chipre (base británica) y Turquía, demostrando el potencial del conflicto para desbordar los límites de Oriente Medio. El conflicto armado entre Estados Unidos, Israel e Irán, presenta varios vectores plausibles de expansión geopolítica. Los análisis de think tanks y servicios de inteligencia convergen en que los principales vectores de contagio son:
Hezbolá y el frente norte de Israel: Mientras la atención mediática se concentra en Irán, Israel sigue atacando Palestina y ha intensificado su ofensiva terrestre y aérea en el sur del Líbano, destruyendo localidades enteras, forzando desplazamientos masivos y creando de facto una franja de seguridad despoblada al norte de su frontera. Diversos reportes señalan la destrucción sistemática de pueblos, infraestructuras civiles y redes de servicios en una franja que Israel considera necesaria como “colchón” frente a Hezbolá, en continuidad con su historial de ocupación del sur del Líbano hasta el año 2000. Aunque jurídicamente no se haya declarado una anexión, la combinación de presencia militar permanente, expulsión masiva de población y destrucción de las condiciones de vida equivale, en términos materiales, a una anexión de facto. Esta dinámica no solo agrava el riesgo de una guerra abierta con Hezbolá, sino que sienta un precedente de rediseño territorial coercitivo que podría proyectarse a otros frentes si la correlación de fuerzas lo permite.
Milicias iraquíes y bases estadounidenses: grupos armados proiraníes en Irak y Siria ya han atacado bases estadounidenses en múltiples ocasiones; una decisión de Teherán de “abrir el grifo” podría convertir a estas milicias en un vector de presión constante sobre la presencia militar de EEUU en la región, forzando a Washington a elegir entre escalar contra estos actores o replegar activos. Además, bases estadounidenses en Qatar (Al Udeid), Emiratos, Baréin y Kuwait son objetivos legítimos declarados por Irán. La exposición de tropas y activos crea vulnerabilidades que podrían ser explotadas mediante ataques de saturación con misiles balísticos de corto/medio alcance.
Hutíes y rutas marítimas: Irán posee capacidad asimétrica para perturbar el tránsito en el Estrecho de Ormuz (minas, lanchas rápidas, misiles antibuque, drones marítimos), lo que podría disparar los precios del petróleo. Además, los hutíes en Yemen también han demostrado capacidad para atacar buques en el mar Rojo y el golfo de Adén, afectando tanto al comercio energético como a otras cadenas logísticas. Su implicación plena en la guerra —más allá de acciones puntuales— podría multiplicar los costes globales del conflicto. Si su implicación pasa de operaciones de presión a una campaña sostenida en coordinación con Teherán, el resultado puede ser un incremento significativo en los costes de transporte marítimo entre Asia y Europa y un riesgo real para la seguridad de cables submarinos y otras infraestructuras críticas. En paralelo, la posibilidad de ataques o amenazas creíbles de ataque a buques en el Golfo y en las inmediaciones del estrecho de Ormuz elevaría de forma súbita la prima de riesgo sobre el petróleo y el gas, con escenarios de precios del crudo acercándose o superando los 150 dólares por barril si se percibe un cierre efectivo —aunque sea temporal— de ese cuello de botella. A esos niveles, el impacto sobre la economía global sería sistémico: recesión en Europa, presión inflacionaria en todo el mundo, tensión social y política en países altamente dependientes de importaciones energéticas. Esta internationalización por vía económica implica que incluso Estados que no tengan presencia militar directa en la zona terminarán padeciendo las consecuencias de la guerra en forma de encarecimiento de energía y alimentos, inestabilidad financiera y aumento de la presión migratoria. Se trata pues de un arma económica para asfixiar la economía global y aumentar la presión internacional.
Guerra híbrida global (ciberataques y terrorismo): otro vector plausible es la expansión fuera del teatro militar directo, mediante ciberataques contra infraestructuras críticas, ataques contra objetivos israelíes o estadounidenses en terceros países, y operaciones de inteligencia o sabotaje. Se trataría de una intensificación de métodos de guerra no convencionales que ya formaban parte del conflicto. Así, operaciones como “Roaring Lion” incluyen apagones digitales, secuestro de aplicaciones masivas, y hackeo de medios estatales. Estados Unidos podría intensificar los ciberataques contra infraestructura crítica iraní (centrales eléctricas, instalaciones nucleares) para sabotear su capacidad de respuesta, como ya hizo con el malware Stuxnet en el pasado. Por su parte, grupos hacktivistas pro-iraníes han incrementado ataques DDoS y filtraciones contra Israel, EEUU y estados del Golfo, creando ruido operacional y consumiendo recursos defensivos.
En cada uno de estos vectores, Irán dispone de un amplificador asimétrico: puede aumentar la intensidad y el alcance de la guerra sin exponerse siempre de forma directa, mientras que Estados Unidos y sus aliados se ven obligados a responder en múltiples frentes a la vez.
Cabe destacar que la presencia de infraestructuras militares de países de la OTAN en la región —incluidas bases y facilidades en Turquía y especialmente en Chipre, donde existen instalaciones británicas y capacidades de inteligencia y apoyo logístico— introduce un riesgo adicional: un ataque directo o indirecto (incluido un ataque bajo falsa bandera) contra instalaciones en Chipre, Turquía u otro Estado miembro podría activar presiones políticas para una respuesta en clave OTAN, incluso si no se llega formalmente a invocar el artículo 5.
Aunque la literatura tiende a enfatizar la capacidad de Irán y sus aliados para “encender” frentes (Hezbolá, milicias iraquíes, hutíes), no debe perderse de vista que también las acciones de Estados Unidos e Israel son motores de expansión:
La ocupación y despoblación del sur del Líbano abre un conflicto territorial directo con un Estado soberano y con las fuerzas de la ONU desplegadas allí, creando un punto de fricción permanente.
Los ataques masivos sobre infraestructuras civiles iraníes, incluidos episodios como el bombardeo de la escuela de niñas en Minab, alimentan la legitimidad interna e internacional de la respuesta iraní y de la implicación de sus aliados, al tiempo que erosionan la disposición de terceros países a alinearse sin matices con la narrativa occidental.
La concentración de medios navales y aéreos occidentales en el Mediterráneo oriental, el mar Rojo y el Golfo aumenta el riesgo de incidentes —intencionados o accidentales— con fuerzas rusas, chinas o de otros Estados presentes en la zona, lo que podría añadir nuevas capas de tensión global.
En otras palabras, la expansión del conflicto no es solo el resultado de una “estrategia de proxies” iraní: también responde a una estrategia de hechos consumados por parte de Israel y a un despliegue militar occidental que, en la práctica, multiplica los puntos en los que un error de cálculo o un ataque deliberado pueden desencadenar una escalada.
12.4. Factores de contención: límites de todos los actores
Pese a la lógica de escalada, existen también poderosos factores de contención:
Irán debe equilibrar su voluntad de castigar a EEUU e Israel con la necesidad de evitar un colapso interno: una guerra demasiado larga o devastadora podría movilizar descontentos sociales latentes, agotar recursos económicos y poner a prueba la lealtad de élites y cuerpos de seguridad.
Estados Unidos se enfrenta al riesgo de una fatiga de guerra doble (Ucrania e Irán) y a un calendario político interno que hace extremadamente costoso sostener un conflicto largo y sangriento sin objetivos claros de salida.
Israel, aunque preparado para sacrificios importantes, depende en gran medida de la sostenibilidad del apoyo estadounidense y europeo, y debe gestionar el impacto psicológico y económico de vivir bajo un régimen de alerta permanente y ataques recurrentes.
Los Estados del Golfo, Europa y potencias asiáticas (China, India, Japón, Corea) tienen un enorme interés en evitar un cierre efectivo de Ormuz o una destrucción masiva de infraestructuras energéticas que podrían desencadenar una recesión global.
Estos factores empujan hacia soluciones de contención negociada (alto el fuego de facto, acuerdos tácitos para limitar objetivos, mediaciones de terceros) incluso si las partes niegan en público estar dispuestas a negociar. Sin embargo, el timing y la forma de esa contención dependerán de cómo cada actor valore el equilibrio entre costes sufridos y beneficios esperados.
12.5. Escenarios de duración y salida: de la “tregua armada” al estancamiento estructural
A la luz de estos elementos, los escenarios más citados en la literatura reciente pueden reformularse así:
Tregua armada tras un pico de violencia (escenario de 6–18 meses)
Tras un periodo de máxima intensidad (semanas o pocos meses), con sucesivas oleadas de ataques y contraataques, se alcanza un punto en el que los costes marginales de seguir escalando superan los beneficios para todos.
Mediaciones (Qatar, Omán, UE, quizá China) propician un arreglo implícito: cese de ataques masivos, limitación de objetivos, algunas concesiones discretas sobre sanciones o sobre el alcance de los bombardeos, refuerzo de presencia internacional en ciertos puntos sensibles.
La guerra se “congela” en una situación de alta tensión, con Irán debilitado pero no derrotado, Israel más seguro en algunos aspectos y más expuesto en otros, y EEUU habiendo demostrado capacidad de golpe, pero sin reconfigurar realmente el orden regional.
Guerra de desgaste prolongada (escenario de varios años)
Ninguna de las partes consigue un golpe decisivo ni está dispuesta a aceptar una paz que parezca una derrota; la guerra se convierte en un telón de fondo constante con ofensivas periódicas, ataques a infraestructuras, ciberoperaciones y confrontación por delegación en Líbano, Irak, Siria, Yemen y el mar Rojo.
Los costes se acumulan: fatiga social en Israel e Irán, erosión de la posición global de EEUU, fragmentación política en varios países árabes, volatilidad energética crónica.
La multipolaridad se refuerza de facto: terceros actores (China, Rusia, India, incluso la UE) se acostumbran a un entorno de conflicto de baja‑media intensidad en Oriente Medio e intentan maximizar márgenes de maniobra sin resolver el conflicto de fondo.
Escalada de ruptura y reordenamiento traumático
Un episodio concreto (ataque devastador a una ciudad, golpe a una gran instalación nuclear, cierre efectivo de Ormuz, hundimiento de un buque con numerosas víctimas) dispara una espiral que las partes no consiguen controlar.
Se desencadena una crisis económica global severa y se precipitan cambios abruptos en las alianzas energéticas, militares y financieras, con posibles rupturas dentro del propio campo occidental o entre aliados regionales.
Este escenario es el menos deseado por todas las partes, pero no puede descartarse en un contexto de alta densidad militar, sistemas automatizados de defensa y decisiones políticas sometidas a fuertes incentivos domésticos.
En todos los casos, la afirmación iraní de que “seremos nosotros quienes decidamos cuándo termina la guerra” y la contraparte estadounidense‑israelí de que el conflicto acabará “cuando lo decidamos nosotros” revelan la brecha fundamental entre las narrativas de control y la realidad de un conflicto abierto, con agendas cruzadas y márgenes amplios de incertidumbre. Lejos de una campaña de relojería, la guerra con Irán se perfila como un proceso cuyo final dependerá menos de un decreto unilateral y más de la evolución de equilibrios internos, regionales y globales que hoy siguen en movimiento.
La trayectoria real dependerá no solo de las decisiones de Washington y Jerusalén, sino también de la agenda propia de Teherán, que busca simultáneamente castigar a sus adversarios, evitar el colapso interno y convertir el coste político y económico de la guerra en un incentivo para que Estados Unidos y sus aliados acepten algún tipo de acomodación. El hecho de que Irán haya declarado públicamente que no contempla, por ahora, nuevas negociaciones con EEUU, y que vincule el final de la guerra a la retirada de la “agresión” más que a un calendario o a una “victoria” definida por sus adversarios, sugiere que la hipótesis de una campaña corta y perfectamente controlada es, como mínimo, optimista
13. Conclusiones
La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán no puede comprenderse de forma aislada. Se enmarca en una secuencia más amplia que incluye la intervención en Venezuela, la transformación del mercado energético global, la rivalidad sistémica con China y Rusia, la alianza con Israel y sus ambiciones y las tensiones internas del propio sistema político estadounidense.
El análisis muestra que:
Existe una continuidad estratégica entre la “reconquista energética” en Venezuela y la gestión coercitiva de Irán, orientada a aumentar la influencia de Estados Unidos sobre volúmenes y rutas clave de hidrocarburos, sin que ello implique un control cuantitativo mayoritario sobre la producción mundial.
El ataque responde a una combinación de motivos de seguridad regional (contención de Irán, protección de Israel, estabilidad de aliados del Golfo), dominio sobre recursos energéticos y sus rutas, y cálculos de poder global en los que China y Rusia aparecen como referencias estructurales, aunque no necesariamente como el objetivo central inmediato.
El más interesado en el ataque ha sido Israel, en su objetivo de redibujar el mapa regional a su gusto.
Existe un seguidismo de Estados Unidos respecto de las políticas expansionistas de Israel, si bien parece que ambas potencias tienen diferentes perspectivas sobre el conflicto.
La dimensión de política interna estadounidense es innegable: el conflicto sirve para rearticular la agenda pública y generar dinámicas de “rally-round-the-flag”, pero la evidencia disponible aconseja cautela a la hora de afirmar que la guerra se lanza “principalmente” para tapar escándalos como el caso Epstein.
En términos de orden mundial, el ataque pretende debilitar la posición de Irán como pivote del proyecto euroasiático de Rusia y China, a la vez que aspira a reforzar, al menos provisionalmente, la capacidad de Estados Unidos para influir en la arquitectura energética y de seguridad global.
El desenlace dependerá en gran medida de la duración e intensidad del conflicto, de la resiliencia interna del régimen iraní y de la capacidad de los distintos actores —incluidos aquellos no directamente implicados en la guerra— para articular respuestas que, o bien reproduzcan, o bien transformen la actual dinámica de confrontación y dependencia energética.
Hay una clara desconexión entre los motivos humanitarios declarados y los objetivos verdaderamente plausibles.
En suma, la guerra con Irán revela tanto la persistencia del poder militar y energético estadounidense como las tensiones de un orden internacional en transición, donde las apuestas de las grandes potencias sobre recursos, rutas y regímenes políticos se entrecruzan en escenarios de alta volatilidad y riesgo sistémico.
Créditos: imagen ilustrativa creada con IA.
Para saber más:
https://campus-stellae.com/areas/derecho-y-cooperacion-internacional/
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